Cansancio constante, el problema de la sociedad del siglo XXI

El cansancio constante es uno de los motivos de consulta más frecuentes en psicología. Muchas personas llegan refiriendo una sensación de agotamiento persistente que no mejora con el descanso. En paralelo, es habitual que este síntoma se haya explorado desde el ámbito médico, asociándose en algunos casos a problemas digestivos, alteraciones del sistema inmune o enfermedades de carácter inflamatorio. Sin embargo, cuando las pruebas no explican completamente el malestar, resulta fundamental ampliar la mirada e incluir el componente psicológico y el contexto vital de la persona.

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Vivimos en una cultura que premia la productividad y penaliza el descanso. Tal y como describe Byung-Chul Han en su obra La sociedad del cansancio, hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde la autoexigencia y la sensación de “tener que poder con todo” generan un estado de sobrecarga constante. En este contexto, el cansancio no siempre es físico, sino una forma de fatiga psicológica derivada de la presión continua, la falta de límites y la dificultad para desconectar.

Este tipo de agotamiento suele aparecer en entornos altamente demandantes, como trabajos donde se exige productividad constante, disponibilidad continua o donde la persona siente que no puede parar sin consecuencias. También puede estar vinculado a una relación interna basada en la autoexigencia, la culpa por descansar o la sensación de no estar haciendo nunca suficiente. La evidencia en el ámbito de la psicología del estrés y el burnout muestra que la exposición prolongada a estas condiciones puede afectar tanto al bienestar emocional como al funcionamiento fisiológico, incrementando la vulnerabilidad a problemas somáticos.

Por eso, cuando aparece un cansancio persistente, no solo es importante descartar causas médicas, sino también analizar el contexto: ¿en qué ambiente está la persona?, ¿qué demandas externas sostiene?, ¿cómo se relaciona consigo misma? Entender estos factores permite diferenciar cuándo estamos ante un problema orgánico, cuándo hay una fatiga psicológica significativa o, en muchos casos, una interacción entre ambos. Intervenir únicamente sobre el síntoma físico sin abordar el origen del estrés puede cronificar el malestar.

Cuando el cuerpo se agota de forma constante, muchas veces está señalando un límite que no está siendo escuchado. Revisar el estilo de vida, el entorno y la autoexigencia no es un lujo, sino una necesidad para recuperar el equilibrio. El descanso real no es solo parar, sino también salir de dinámicas que sostienen el desgaste.

María Calvo Aguado

Psicóloga Sanitaria

Experta en trauma y apego